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martes, 21 de junio de 2011

¿Qué más se puede pedir?

congreso2
Imagenes: Garrincha

Por: Boris González Arenas

Pronto vamos a tener
según nuestro presidente
mandatos de cinco años
y una prórroga pendiente.


Lo dijo Raúl después
de meditar frente a un caño
“hay que hacer cambios urgentes,
¿bastarán doscientos años?”


Mi tío en Carlos III,
de esclavos un descendiente,
hizo un gestico seguro
de que esto pica y se extiende.


viernes29

“Es difícil predecir
cuándo se hartan los patrones
o cuándo a un pueblo dormido
se le hinchan los cojones”




“Aumentarán las covachas
pulularán arrabales
y miles de disidentes
juzgados por criminales”


“A los tanques del desfile
les han retirado esteras
y puesto gomas modernas,
la guerra será en la acera”


Un grupo que filosofa
no entiende tanta falacia
por ello le ha puesto nombre
la ha llamado coprocracia


Entre que el palo va y viene
yo me tomo mi café
con chícharos y frijoles
van a dejarme sin él


¿Y al final de todo esto
-se pregunta este poeta-
por qué ranura sagrada
les metemos la boleta?

domingo, 1 de mayo de 2011

Los alientos de la Habana

sala
Foto: Claudio Fuentes Madan
Texto: Boris González Arenas

“… Cuba está entre el reducido número de países (…)
que cuentan con las condiciones para (…)
salir de la crisis sin traumas sociales…”
Raúl Castro Ruz
Discurso de clausura del VI congreso del Partido Comunista de Cuba, 
19 de abril de 2011.

Comparar una ciudad a un organismo vivo no es algo novedoso. Numerosas de las funciones cotidianas de una ciudad semejan funciones propias de organismos vivos. Pero las ciudades no son organismos vivos. Las habita la vida y esta las erige, las conforma el deambular de sus animales, sus plantas y, principalmente, los seres humanos.

Una ciudad sin seres humanos será siempre una ciudad abandonada, aunque los árboles crezcan en sus antiguos salones y los animales salvajes copulen en sus espacios otrora públicos, una ciudad abandonada es una ruina en una selva.

No importa el tiempo que lleve deshabitada. El siete de mayo de 1986 la ciudad de Prípiat no había cumplido veinticuatro horas de ser evacuada y ya era una ruina. La ciudad construida para los trabajadores de la central atómica de Chernóbil fue vaciada a menos de diez días de la explosión que elevó los niveles de radiación de toda Europa. El último residente llevaba en su despedida el cambio de condición de lo que era una ciudad y pasó a ser, con su salida, una ruina.

También una ciudad puede mostrar sus edificios en ruinas y estar habitada.

Una ruina habitada es una contradicción y casi siempre supone un estado transitorio. Es el trabajo de los habitantes el que levanta una ciudad, la conserva y la transforma. No es concebible que los seres humanos renuncien a lo que les es natural: empeñar su energía y su fuerza en crearse un entorno digno para sí y para los que le rodean. Sólo grandes accidentes históricos justifican las ruinas habitadas, el final de las guerras, cuando los que regresan a sus casas encuentran el trabajo de toda una vida deshecho por el fuego, el deterioro que sufren grandes ciudades, cuando pierden el protagonismo que las erige y dejan a sus habitantes con pocas opciones frente a los restos del esplendor.

La ciudad de Nuremberg, en Alemania, debió ser reconstruida casi totalmente después que los bombardeos aliados la destruyeron al final de la Segunda Guerra Mundial; la ciudad de Detroit, en Estados Unidos, enfrenta las consecuencias del desmonte de la gran industria automotriz que, en la primera mitad del siglo XX, hizo de ella la cuarta ciudad más importante del país y en las últimas décadas ha perdido casi la mitad de su población.

Es un momento de cambio en el que el ser humano deberá evaluar las condiciones nuevas y actuar para desarrollar el espacio que requiere para vivir. Pocas cosas justifican una existencia entre ruinas por un tiempo mayor y todas están asociadas al deterioro de lo que en los seres humanos es esencial. El oriundo de ese estado, para que de su interior no surja el brío y la estrategia de superación de su condición, para que no genere asociaciones y liderazgos propios de las situaciones críticas, por no estar muerto, tiene que estar sometido a una indigencia moral y material inmovilizante. Alguien que apenas pueda levantar la vista sin temor a que le perciban su orgullo, incapaz de mover sus músculos para que no sospechen su fuerza o de sostener su razonamiento y evitar así que lo marquen por su inteligencia.

Insuflar es el verbo con que se ha nombrado el acto de animar lo inerte. Supuestamente el Hombre recibió la vida como de un aliento y ello lo convirtió en un ser animado. Pero era un aliento transfronterizo y lo animado podía a su vez animar. De ahí que la ciudad sea tan semejante a un organismo que parece que vive. Es por ello que una ciudad destruida, con todos sus sistemas de abastecimiento, transportación, redes hidráulicas y eléctricas colapsados, puede ostentar la vida que contiene.

Porque la ciudad no es un organismo es que esto puede pasar. En la inmundicia una mujer puede concebir un hijo, alguien dar sepultura a un hermano y todos sentir esperanza frente a cualquier atisbo del cambio.
Hambreado, un niño puede descubrir el golpe de la gota de lluvia en el rostro, el agazaparse de las sombras en el amanecer o el espacio sin límite a que se abre frente al mar.

Burlada, mancillada, humillada, una mujer puede sentir la vibración de la vergüenza y como una heroína de mármol saltar del zoclo como de la rutina y echar por tierra aquello que condena a sus hijos a la emigración o la muerte.

Como en la vida, nada en una ruina habitada es lo que fue y también como en la vida nada es permanente. Lo importante es el aliento.

Rejas dejadas al arbitrio de la intemperie, arrancadas de sus espacios originales y readecuadas en espacios ajenos, paredes tiradas al suelo y sus ladrillos cotizados en el mercado siniestro, tejas, lozas, vigas, puertas, cristales, todo arrancado a los derrumbes de aquello que no aguantó. En la estrategia de la miseria el aliento vital es portentoso porque debe animar la muerte. El extranjero al que esta condición le es extraña, se sorprende al comprobar que un cuerpo descolorido puede acarrear tanta fuerza en semejante panorama, sabiendo además que el esfuerzo sólo conseguirá reproducir la condición del infeliz, mientras un cardumen de desajustados insiste en sostener el agobio del que no son víctimas.

Es la suerte de las ruinas vivas proteger a quienes las habitan y cuando ya no pueden hacer, derrumbarse y ofrecerse. Hasta el amor de los vivos encuentra semejanzas en la capacidad de entrega de las ciudades arruinadas.

lunes, 21 de marzo de 2011

Buscando el aire de Cuba III

maleconninos
Foto: Leandro Feal

Texto: Boris González Arenas
“En la consumación de los tiempos
se oirá la voz de un cubano
trepando a la palma real, gritando:
¡Sólo hombre soy!

José Lezama Lima a propósito de Nicolás Guillén

Leyendo trabajos escritos en Cuba, es común que me venga a la mente la idea de que nuestra precariedad tecnológica, la ausencia de información y un desfavorecido acceso a la producción intelectual mundial, determinan que todo aquello que en nuestro país se escribe o piensa lleve las marcas de una segunda isla, apartada no por disposición geográfica, sino por este estado de cosas tan difícil de definir pero que a la vez produce un país sin rumbo, el deterioro, sino desaparición, de ciudades, industrias, seres humanos, todo ellos sin reemplazo y a cuyo panorama sus gestores insisten en querer que lo miremos con una sonrisa en el rostro y la conformidad en el espíritu. Pero como mismo el hambre no se combate con fotos de alimentos, la sonrisa no crea felicidad y un espíritu que finge no genera convicción.

De muchas maneras nuestros textos deben estar transidos por esa marca, el de aquél, el mío, el de todos. He leído recientemente Propuestas para el avance al socialismo en Cuba, escrito por Pedro Campos y, según afirma el documento, otros compañeros. El esfuerzo es apreciable, se moviliza desde el derecho del ciudadano sin poder, en un país donde esta es la condición de la mayoría, para exigir con una audacia que no se le pide y que para las elites a las que está dirigido, es indeseable. Es un documento extenso dividido en veinte partes enumeradas. Tales partes estimulan la apreciación de nuestra realidad de modo más pleno.

No dejo de sentir, sin embargo, que el escrito de Campos está dirigido a un país que no existe, no me parece que sea ni pueda ser Cuba. Además, a la precisión de sus enunciados a veces la vuelve difusa una exposición imprecisa, capaz de movilizar la duda sobre el alcance que pretenden.

Las palabras no significan lo que dicen los diccionarios. Las palabras están cargadas de sentido y las épocas llevan, en los sujetos que las habitan, significados rigurosos y variables. Así pasa en Cuba con el calificativo de revolucionario que Pedro Campos usa, sin que sepamos quiénes son revolucionarios y quiénes no, y cuál será la suerte de los no revolucionarios en su socialismo avanzado. No sabemos qué es revolucionario para Pedro Campos, pero sí sabemos lo que ha sido la revolución castrista. Garantía del escarnio, la prisión y la muerte para aquellos seres humanos que ella llamó “contrarrevolucionarios” y que somos todos desde que el sistema de Fidel Castro se aseguró ser el proveedor exclusivo de tal condición.

Pienso que sostener en Cuba la noción de revolucionarios enfrentados a contrarrevolucionarios, cualquiera que sea el concepto de tales que se maneje, es un buen punto de partida para no estar escribiendo sobre el presente. Cuba amerita la reconciliación, no la reactivación de viejas confrontaciones que, si alguna vez tuvieron sentido, ya eran cosa del pasado en una época tan temprana como los años setenta.

Es más que necesario distanciarse de una retórica que con Fidel Castro esclerosó y que, en sus resurgimientos, no hace sino proferir balbuceos como que “la guerra atómica acontecerá después del partido de Holanda contra España”, “nuestros cinco héroes regresarán ayer” o “el socialismo no sirve para nada aunque en realidad no quiero decir esto”.

Cuando las Propuestas… pretenden reconocerle al gobierno de Raúl Castro la capacidad de haber sacado al país del inmovilismo, no hacen otra cosa que enunciar el abandono y el dejar de hacer que caracterizaron al gobierno de Fidel Castro. ¿Por qué entonces no decirlo? Ese inmovilismo no es una frase sin más, ese inmovilismo le ha costado a nuestro país décadas de criminalidad, de esfuerzos anulados, de esperanzas martilladas, y de hermanos separados. Ese inmovilismo es una de las tantas traiciones de Fidel Castro a Cuba.

Otra contradicción es posible que salte en la lectura de las Propuestas… En uno de sus artículos, valiente sin duda, afirma que:
“El actual control de las Fuerzas Armadas sobre empresas económicas no militares, deberá ser cedido paulatinamente a las entidades del PP correspondiente y al control de sus trabajadores. Las Fuerzas Armadas y los órganos de seguridad funcionarán, de acuerdo con el presupuesto aprobado por la Asamblea Nacional del Poder Popular y sin autonomía económica propia, con el más estricto apego a la Constitución”

¿Es que acaso aquello que podríamos llamar como “estrategia del gobierno” para movilizar lo inerte, consiste en algo más que mantener la política de dotar al ejército de más y más empresas de naturaleza civil y penetrar a aquellas que son civiles con administraciones y jefes militares? No creo que signifique superación importante del inmovilismo permitirle al cubano desempleado forrar botones, podar palmas o alquilar sus viviendas desvencijadas.

Otro tema discutible a la hora de clasificar al gobierno de Fidel Castro y su joven hermano, es que hayan creado un sistema de gobierno estalinista. Al menos tiene que permitirse el cuestionamiento de que el estalinismo sea un sistema y de que las tiranías puedan generar algo parecido a un sistema. Al asociar los despotismos con sistemas, se crea la ilusión de algo compartido, pertinente. Parecería que tan solo se trató de un error de elección, estaban la democracia y el estalinismo y se eligió mal. Al aplicarle el calificativo de estalinista, se distancia al castrismo de otras emanaciones inspiradoras como fueron Francisco Franco, toda una pléyade de déspotas americanos o Benito Mussolini, autor del concepto: “Dentro del estado todo, fuera del estado nada”, tan alegremente adoptado por Castro.

La teoría socialista contemporánea tiene frente a sí una situación bien difícil, no cabe duda. Carlos Marx, en sus acuciosas descripciones de las dinámicas sociales, parecería más un filósofo contemporáneo; en su afán de encontrar las claves trascendentales del desempeño humano, recuerda mejor a los filósofos que le precedieron. Los aspectos del pensamiento marxista de los que derivaron las construcciones ideológicas del estado soviético, se basaron precisamente en estas reglas trascendentales, en el afán de un sistema. Cambiando la base, decían los alquimistas del socialismo real, se cambia la superestructura, desaparece la lucha de clases y el hombre va al trabajo como a una fiesta.

Así todo era fácil para un teórico socialista del siglo veinte, pero no para uno del veintiuno. Tan extraño paradigma se vino abajo con muchas acciones, el Gulag estalinista, la primavera de Praga y el éxodo del Mariel, entre muchos otros crímenes. El teórico socialista de hoy encuentra un panorama más difícil, aun aceptando los enunciados de Marx, la lógica de su ejecución no es tan simple.

Las Propuestas… parecen, por momentos, narradas con la lógica propia del discurso del “socialismo real”. Aseguran en uno de sus acápites que con el avance del movimiento cooperativo y la justicia que tal forma de gestión económica implica, se modificaría la sociedad y surgirían formas de conciencia social nuevas y, presumo que Pedro Campos y sus compañeros suponen que más justas.

Las Propuestas… son un documento esperanzador, aunque entre las cosas para las que sirvió el siglo XX está el haber privado al concepto “socialismo” de un privilegio que ningún concepto merece, el de estar asociado a un saber hacer anticipado, libre de toda duda y de toda práctica. Defender el socialismo no supone la nostalgia de los crímenes cometidos a su sombra, pero la virtud socialista tiene que plantearse su integración con la virtud de cada pueblo y época, con sus prácticas, y esas no están disueltas únicamente en el modo como sus ciudadanos trabajan.

Cuba está hecha del golpe del machete, productivo y mortal, de sus partidas y sus llegadas, de sus sonrisas, pero también de su dolor, de su afán de ser libre y de la traición de sus afanes, de tantas otras cosas y de sus palmas. ¿Por qué la palma como árbol nacional? Para los psicoanalistas quizás sea la palma un símbolo fálico, no lo es; en la cima de la palma airea siempre un penacho de hojas capaz de evocar la espesura de un pubis femenino y entre estos dos, entre las hojas y el tronco, crecen racimos de palmiche, cuyas semillas han fecundado nuestra nación hasta cubrirla con un manto de árboles semejantes. Como en nuestro paisaje, lo semejante debe ser, entre nosotros, evocación permanente de la fecundación. Fecundante debería ser entonces el socialismo, y no artero, timorato ni ensombrecido; no en Cuba.

Buscando el aire de Cuba I
Buscando el aire de Cuba II

jueves, 3 de febrero de 2011

Buscando el aire de Cuba (Segunda parte)

HombresMaleconweb
Foto: Leandro Feal

“… nació sola”
N. Guillén

Encabezando su poema A una palma Luis Rogelio Nogueras inscribió un verso del poema Palma sola de Nicolás Guillén. Para sentar las bases de cualquier relación es imprescindible que se reconozcan dos cosas, el respeto al otro y la comunidad de objetivos en aras de un bien superior. La palma del poema de Guillén y la del poema de Nogueras coinciden, aunque sus métodos son diferentes, en la necesidad de realizar algo inaplazable. La de Guillén sueña, mientras la de Nogueras se yergue con una fuerza insospechable, desde su semilla. Encarados a superar un régimen despreciable, los cubanos debemos, como las palmas de nuestros poetas, respetarnos y viabilizar el cambio en que podamos urdir la realización de nuestra soberanía. Es una deuda con nuestros hijos.

Un diálogo acaecido recientemente entre dos intelectuales cubanos ha admirado a muchos, pues al interior del mismo ha habido un debate respetuoso y honesto. Julio César Guanche, de manifiesta militancia marxista y socialista y Roberto Veiga, católico y, según él mismo declara, afín a ciertas manifestaciones social demócratas, sostienen desde la revista católica Espacio Laical (Año 6 Números 2 y 6 del 2010), este diálogo, extraordinario en la sociedad intelectual cubana, tan necesitada de espacios semejantes.

La democracia y su pertinencia es el centro de este debate y los autores coinciden en que no es posible llevarle adelante sin una sólida preocupación humana y por tal cosa, creo entender, los autores conciben la lucha por la superación de las desigualdades degradantes, contra las discriminaciones y contra el poder de la riqueza, por el derecho a un techo seguro y alimentación básica y por la participación de todos en la definición de las políticas que les implican.

Aunque nada hace dudar de la coincidencia de los autores en estos puntos, Guanche es explícito en un hermoso párrafo que cito:
“En ese sentido, podría servir (la democracia) en Cuba para obtener derechos concretos: impedir que se les grite “palestinos” a los orientales en el Estadio Latinoamericano, para lograr que dos personas del mismos sexo puedan amarse abiertamente, para conseguir techo y comida dignos para todos, para decidir sobre la introducción de transgénicos en el país, para participar de las decisiones sobre lo que producimos y lo que consumimos, para combatir la desigualdad, las discriminaciones por cualquier motivo, y para promover la diversidad.”
Desgraciadamente Guanche no precisa elementos como la unidad de la familia cubana, vejada por el fomento del exilio y manipulada en el asalto de sus recursos económicos. La democracia serviría en Cuba para decidir la suerte de nuestros criminales, nuestros niños y nuestros ancianos. Para que nuestras cárceles no sean centros de vejación, para que nuestros hospitales no estén infestados de cucarachas y nuestros médicos no tengan que callar frente al paciente, por disposición ministerial, los medicamentos que faltan. Para que nuestros ancianos no teman tropezar en aceras destruidas ni que la muerte se convierta en un evento deseable por la indigencia en que los hunde la condición de pensionados. Para que nuestros enfermos mentales no mueran de hambre y frío y el estado pretenda inculpar a los directores de hospitales como si la cadena de responsabilidades se detuviese en ellos y no escalara hacia ministros hinchados de incompetencia y generales podridos de impunidad.

De aquí se deriva una de mis principales observaciones al diálogo propuesto. Durante décadas de represión, el poder, parodiado por Fidel Castro con no pocas manifestaciones de terror, creó la sensación de que es más pertinente hablar con discreción que con vergüenza, considerar lo explícito vulgar, y evitar nuestro presente analizando Cuba como promesa de futuro.

En el diálogo entre los dos autores, la asimilación de tales códigos propicia que la urgencia palpite escasamente.

Del mismo modo me parecen cuestionables algunas convergencias de los autores (cuestionables no quiere decir descartables ni erradas). Uno de los principales mitos de nuestra cultura afirma que el ser humano, como el progreso tecnológico, accede de continuo a niveles superiores de realización. Esta visión de nuestro devenir implica también una lectura de la historia que supone pertinente la concepción de una sociedad hermanada y, en pos de tal, el esfuerzo supremo de hombres y mujeres. Tal idea no es ajena a la cultura cristiana, pero tampoco a la marxista, del mismo modo no es ajena a Veiga ni a Guanche. Una secuela de tal valoración es el menosprecio del presente como etapa transitoria hacia un después. Los sistemas políticos e ideológicos que la comparten no soportan la tentación de prometer, como vía de perpetuación, no un simple más adelante, sino un después fabuloso de realización ideal.

No creo que el mundo de hombres y mujeres tenga como destino la superación de los antagonismos, ni que en algún final concebible, todos vayamos a darnos las manos sin reserva. No lo creo ni posible ni necesario. La idea de una fraternidad absoluta olvida que el ser humano se construye a si mismo en un entorno con el que establece prioridades y cuyo resultado ocurre ya en un presente posterior que le requiere nuevas decisiones. Esperar que un entorno perfecto propicie un ser humano correspondiente implica ya una limitación a sus libertades y a su elección.

Mantenerle al castrismo el privilegio del presente seguirá llenando nuestras calles de relucientes autos militares y satisfechos burócratas, fragmento que, por la sola razón de aceptar tales beneficios, se desmejora y humilla frente a una población que no cesa de sentir el peso de más recortes en nuestra precaria estructura de sobrevivencia.

Discrepo del análisis de Julio César Guanche que convierte en ideológicas las certezas ciudadanas en torno a la conducción social, espiritual o económica. Estoy de acuerdo en que censurar la ideología o la política implica la negación de la democracia y que nuestros debates políticos en torno a tales convicciones casi nunca están ajenos a construcciones ideológicas. Pero consagrar los grupos que suponen los discursos ideológicos, permite sostener divisiones humanas mucho más tarde de que estas tengan alguna pertinencia social. Como consecuencia, el discurso ideológico obsoleto solo atina a identificar con la traición lo que no son más que manifestaciones de renovación. En el caso de las élites ideológicas parásitas, esta situación puede reproducirse hasta mucho después del absurdo, situación que en Cuba es de una actualidad pavorosa.
No es de extrañar, por tanto, que Veiga se distancie de las convicciones ideológicas de Julio César Guanche. Veiga es un pensador católico y la práctica religiosa no puede aceptar que se le confine en marcos que le son ajenos. No creo que el religioso deje de integrarse en el debate ideológico, sino que esto lo realiza desde su posición como ser social y no por una derivación comprometida de la fe.

Sin embargo, cuando Veiga afirma, en un texto ajeno al intercambio con Guanche, que la iglesia católica está capacitada para facilitar un camino de reconciliación por medio del diálogo entre todos los cubanos (“Todo el tiempo para la esperanza” Espacio Laical Año 6 No 3, 2010, p.134 –Texto presentado con motivo de la Décima Semana Social Católica, junto a otros dos intelectuales católicos, en junio del 2010) por ser la enviada para proclamar, hasta el fin de los tiempos, a dios mismo (“La Iglesia Católica ha sido enviada por Jesucristo para proclamar hasta el fin de los tiempos una novedad radical: Dios mismo, …”), la pretensión de Veiga no puede sino comenzar un inaceptable proceso de exclusión. Considero que en este momento Veiga se desmarca de las intuiciones propias de la fe para aprovecharlas aquilatando su acción social desde la relevancia de su ejercicio espiritual. Pocas cosas hay tan infalibles, para detectar un discurso ideológico, como un discurso excluyente.

Excluye Veiga, por supuesto, al resto de las iglesias, cuya función es, casi siempre, revelar algún conjunto de conocimientos esenciales e igualmente enriquecedores y liberadores pero que, de sostener el exclusivismo de Veiga, no conseguirían sino mantener una disensión eterna y desgastante. Del mismo modo, y es lo que hace la afirmación de Veiga aún menos atractiva, quedan disminuidas, como mediadores de un diálogo constructivo en la sociedad cubana, el resto de las instituciones emanadas de la sociedad civil. Si los grupos humanos tienen la relevancia que sus miembros le sepan imprimir, la pretensión de Veiga es que en la Iglesia Católica la aptitud está potenciada, más allá del alcance de sus miembros (respetables sin dudas, pero mundanos), por una especie de padrinazgo divino.

Podría parecer que mi celo es excesivo, pero cuando la Iglesia Católica asume la mediación en la reciente crisis creada, por nombrar a sus gestores fundamentales, por el martirio de Orlando Zapata Tamayo, la hombradía de Guillermo Fariñas y la brillante lucha de las Damas de Blanco, habría que sentir desde ella, al menos, las discretas pulsiones de tal reconocimiento.

Al exponer el número cuatro del 2010 de la revista “Espacio Laical”, en su foto de portada, las sonrisas satisfechas de Raúl Castro y Jaime Ortega, entre otras, sería digno que estuvieran, aunque fueran en una difuminación evocadora, los ojos marchitos de la imagen de Orlando Zapata Tamayo, el albañil que muerto recorrió el mundo con la libertad que sus captores le negaron.

Al no poder hacerlo, quizás por evadir las represalias castristas, siempre existe un recurso, el silencio. En este caso la abstención de mostrar tales imágenes.

Muchas observaciones le podremos realizar al diálogo entre Roberto Veiga y Julio César Guanche, pero la convergencia de estos autores en torno a la esperanza de ver un país de todos, donde reconocernos cubanos sirva para superar diferencias económicas, religiosas o ideológicas, merece el aprecio y respeto más absolutos.

Si luz buscan las raíces de nuestro compromiso, los intercambios como este parecen demoler la piedra que impide a nuestro verdor colmar el espacio con la libertad que el castrismo arrebató.

domingo, 2 de enero de 2011

Buscando el aire de Cuba

Texto: Boris González Arenas

Malecon
Foto: Leandro Feal
Ved, ved cómo desde el suelo
alza magnífica el vuelo
buscando el aire de Cuba.
“A una palma” Luis R. Nogueras

Con la libertad no se juega. Pensamos toda la vida en el peligro de perderla, de que una vez perdida sea imposible rescatarla. Tantas ideologías vienen en auxilio de las censuras ¡Es tan fácil forrar el crimen con el sentimiento de necesidad!

Pero la libertad es como la palma y hasta los tiranos sin aire se asfixian.

Mi país es un tema de máximo interés. De un lado estamos nosotros, para quienes el interés va de la mano de la urgencia y de otro los extranjeros, que por la razón que sea, padecen con nosotros.

Los análisis sobre Cuba se han precipitado en los últimos años, desde que la dirigencia de Raúl Castro centrara retóricamente lo que hace mucho es corriente en las estrategias vitales del cubano: el cambio.

Entre esos análisis recientes he conocido uno escrito por Guillermo Almeyra. “Cuba: un documento peligroso y contradictorio” es su título y según dice el mismo documento, es la tercera parte de una reflexión sobre el “Proyecto de lineamientos de la política económica y social”, que recientemente ha hecho circular el estado cubano sin que muchos sepamos si es para informar o para confundir. Pero eso ya lo dice el señor Almeyra cuando lo califica de contradictorio.

Sobre la calificación de “peligroso”, el señor Almeyra dedica su artículo a describir porqué lo considera tal. Extremadamente crítico y respetable, el artículo señala la incomprensible comprobación de que cambios estructurales de gran importancia sean hechos por el estado al margen de la sociedad y del partido comunista, delegándoles a los que deberían ser fuente del análisis social, el pobre papel de receptores. El autor utiliza la teoría leninista para recordarnos que el estado responde a intereses de clase a los que debe excesos al margen de la sociedad a la que administra. La sociedad administrada debería estar provista, entonces, de efectivos mecanismos de control que empantanen las exuberancias que le son propios al estado.

Señala también el autor la desvergonzada actitud de tomar distancia de las políticas sociales que tendían a atenuar los desniveles ciudadanos, como si estas fueran errores del pasado. Actitud que ha contribuido a profundizar la desesperanza y la frustración.

Los privilegios infamantes de militares, las gorduras soeces de burócratas, la prepotencia de un Raúl esquizoide y campechano, nada de ello escapa, aunque con otras palabras igualmente duras, a la crítica de Almeyra.

Ahora, cuando una caterva de gobernantes seniles tiene que enfrentar las consecuencias de su autoextinción, es cuando aparecen como imprescindibles medidas extenuantes para una ciudadanía famélica, sin reconocer, sin siquiera esbozar una severa critica hacia sí mismos, aquellos que han dirigido de forma autocrática y cruel la sociedad que padece.

Eso dice Almeyra, con las palabras que sean y con las referencias teóricas que sean y por ello merece todo mi respeto.

Mis discrepancias son en puntos nada principales, pero que quiero sin embargo dejar constancia de ellos.

En su escrito el autor desconoce que en Cuba no se realizan congresos partidistas hace más de diez años, que en ellos la unanimidad fue la norma y que con ellos tejió Fidel el abrigo de muchas traiciones.

Hay cierta intención de encontrar novedosos los procedimientos autoritarios cubanos, o al menos su agravamiento, señala Almeyra que en el documento circulado la palabra trabajador no se menciona. No me parece que al cubano corriente le esté afectando de modo particular esta omisión, ya sea porque tiene cosas mucho más graves en qué pensar o, y es lo que creo, porque la palabra trabajador hace muchas décadas dejó de tener cualquier significación para una ciudadanía acostumbrada a sobrevivir al margen de trabajos mal pagados y desestimulantes.

Hay otros puntos en los que disiento de Almeyra, ya más al margen de mi convergencia con su profunda crítica y que demuestran que el debate ideológico no es una confrontación de fatuidades. Se refiere, al principio de su artículo, a “los enemigos del proceso revolucionario”, tono excesivamente confrontador, que además pretende sostener el viejo antagonismo entre revolucionarios y contrarrevolucionarios, en un país donde lo más urgente es la vida frente a la irresponsabilidad criminal del castrismo. Las alarmantes tasas de decrecimiento demográfico, el deterioro de la dignidad ciudadana, la disposición a la emigración y la falta de compromiso, serán el legado más auténtico de Fidel Castro, principal amenaza para una Cuba cuya extinción nada tiene de simbólica.

Cuando afirma más tarde que en el Mariel terminó de irse la burguesía cubana… en realidad aquí no tengo palabras. Llamar burguesía cubana a las decenas de miles de cubanos que salían desesperados de una década enloquecedora y hambrienta (pues no encuentro muchas más palabras para los setenta en Cuba), acompañados de activistas políticos que fueron convidados a trocar cárceles desesperantes por el exilio, presidiarios comunes que recibieron pases para que aprovecharan y se fueran junto con enfermos psiquiátricos, gays, cubanos y cubanas alternativos, llamar a eso “la burguesía cubana”, hoy que sabemos que ya en esa misma época la élite del castrismo y su ejército disfrutaban de privilegios insospechados es, simplemente y a mi juicio, una irresponsabilidad injustificable.

Magnífica sin embargo esta entrega de Almeyra. Sin todas las izquierdas dispuestas a producir intelectualmente en una Cuba de inminente advenimiento democrático, donde las palmas de la libertad ya alcanzan algo más que el retoño, el terreno podría quedar libre para las acechanzas de perversiones futuras.

Boris González Arenas
20 de diciembre de 2010

Nota: Este artículo es el primero de un ensayo en tres partes en los que Boris polemiza, a partir de tres publicaciones que hurgan el tema cubano, sobre la situación real de la política en la isla.

miércoles, 27 de octubre de 2010

Homenaje para Coco Fariñas

cocoretratoweb
Guillermo Fariñas unos días después del alta
Foto: Claudio Fuentes Madan
Conocí a Boris por una extraña casualidad. Un día llegó a mi casa para buscar algo de música y terminamos hablando de literatura. Descubrí que teníamos un mundo en común: el deseo de ser libres, de saber la verdad, de soñar otra Cuba menos destartalada.
Me dejó este texto que nunca supo dónde ni cómo publicar. Está viejo –me dijo- lo escribí cuando Fariñas dejó la huelga, igual quiero que lo leas.
Boris lo sabe y yo también: el Coco lleva la historia de Cuba sobre las espaldas. Con su martirio está escribiendo las hazañas que nosotros no hemos podido ni siquiera soñar.
Lo reproduzco ahora porque aunque ya desde julio Guillermo Fariñas come, su cuerpo carga aún con el dolor de esa huelga tan larga. Y hay, además, hombres y acciones que quedan para siempre en el tiempo.

"La responsabilidad de Guillermo Fariñas" por Boris González Arenas
Hace menos de una semana había empezado a escribir un artículo sobre Guillermo Fariñas. Apenas unos días antes, el sábado 3 de Julio, el periódico Granma había hecho pública una entrevista a uno de los intensivistas de Guillermo. Al final de la misma se dejaba claro que su situación de salud era ya grave, y que podía ser agónica si evolucionaba su estado desfavorablemente.
No estaba dispuesto a dejar pasar su muerte sin más.
De pronto, ayer viernes y tras el compromiso hecho por el estado cubano de que en menos de cuatro meses sería liberado el resto del grupo de cubanos groseramente apresados años atrás y condenados a penas indignantes supe, por amigos que habían leído la noticia, que Guillermo Fariñas había abandonado la huelga de hambre.
La alegría no puede ser mayor. Los presos políticos serán puestos en libertad y Guillermo Fariñas, quien ya ha ganado la admiración de todos por su inquebrantable voluntad vivirá.
Envidio la sensación que pueda tener la generación de mis hijos cuando lea este episodio en que la tenacidad de un puñado de hombres y mujeres pudo más que un enorme aparato represivo y que el brío totalitario de sus beneficiarios.
Nadie podrá leer este episodio sin guardar un minuto de silencio por Orlando Zapata Tamayo, de cuya muerte supimos no por la voluntad del estado cubano de comunicarla, sino por la indignación universal de lo mejor de los ciudadanos de la patria mundo. De cuya muerte supimos también por un cobarde artículo salido en la prensa oficial cubana, cuatro días después y en donde el lenguaje altisonante e irrespetuoso no había sido aún moderado por la repulsa de todos.
¿Será la libertad de estos condenados el esperado punto de giro del castrismo, que presionado por décadas de fracasos y en un rapto de sentido común ha decidido abrir lentamente pero de manera irreversible el proceso de cambios de nuestro país?
Mi certeza es que no, que el castrismo prefiere ver arder esta nación antes que facilitar su renacimiento de la muerte que bien le ha procurado. Deseo equivocarme, mi error sería la suerte de un país que ha sufrido ya bastante.
Fariñas y Tamayo son símbolos de la resistencia cubana y de la determinación de nuestro país de alcanzar la libertad social y política que le ha sido tan esquiva. Ambos han hecho añicos la política perversa de presentar a la oposición como un puñado de hombres pagados por enemigos externos, para corear lo cual no han faltado intelectuales del patio y de terrazas foráneas.
Ya que no se descansa de las cosas de la vida sino con la muerte, Fariñas es ahora uno de los líderes de la oposición cubana, pues su victoria lo ha convertido en fundamento de la nueva Cuba, de la patria en construcción perenne. No de una oposición minúscula que aspira a ver saltar por los aires toda la estructura del estado cubano y con ella a miles de compatriotas en una confrontación fraticida, sino de la oposición de todos los cubanos que hemos padecido décadas de un castrismo inmovilizante e irresponsable y que exigimos la reconstrucción de nuestro estado desde nuestra voluntad libertaria. Que exigimos la reconstrucción de una Cuba de decisiones plurales, que no puedan obstaculizar déspotas amedrentados y crueles frente a la grandeza de la tarea que nuestros ciudadanos no han titubeado jamás en emprender.
No es construir nuestro país entregarlo a enemigos de la humanidad, que hollan con su presencia naciones soberanas y cuyas armas imponen autoridad pasando sobre la vida de niños, hombres, mujeres y ancianos. Si bien hoy los Estados Unidos son gobernados por una dirigencia progresista, nadie debe olvidar que tiempo atrás lo comandó un genocida y que nada impide que un proceso igual enturbie la obra presente en pocos años.
CocoyCiro2
Guillermo Fariñas y Ciro en marzo de 2010
Foto: Claudio Fuentes Madan
No es construir tampoco nuestro país ponerlo bajo la sombra de créditos comprometidos con la politiquería latinoamericana, tradicionalista e inflamada y cuyo trasfondo artero los cubanos conocemos bien.
Los retos desmedidos frente a los que se ha plantado la sociedad cubana son consecuencia de la grandeza de su misión, y la gravedad de los obstáculos presagia una generación portentosa que acompañará a hombres y mujeres de todo el mundo en el único advenimiento concebible, el de la realización plena de nuestra humanidad.
Son tiempos de mirar nuevamente a Cuba, de sentir el vigor de su aliento y la fuerza de sus gentes. Aliento y fuerza de insospechadas resonancias y vigorosas inspiraciones. Guillermo Fariñas es el extremo de su virtud y el despertar de su esperanza.
No es poco lo que se le pide a su cuerpo desmejorado, pero los hombres o mujeres que como él deciden arrastrar el mundo hacia la aurora, no pueden   desfallecer cuando ven sus primeras luces.
Domingo 11 de Julio de 2010