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Foto: Claudio Fuentes Madan |
Texto:
Boris González Arenas
“… Cuba está entre el reducido número de países (…)
que cuentan con las condiciones para (…)
salir de la crisis sin traumas sociales…”
Raúl Castro Ruz
Discurso de clausura del VI congreso del Partido Comunista de Cuba,
19 de abril de 2011.
Comparar una ciudad a un organismo vivo no es algo novedoso. Numerosas de las funciones cotidianas de una ciudad semejan funciones propias de organismos vivos. Pero las ciudades no son organismos vivos. Las habita la vida y esta las erige, las conforma el deambular de sus animales, sus plantas y, principalmente, los seres humanos.
Una ciudad sin seres humanos será siempre una ciudad abandonada, aunque los árboles crezcan en sus antiguos salones y los animales salvajes copulen en sus espacios otrora públicos, una ciudad abandonada es una ruina en una selva.
No importa el tiempo que lleve deshabitada. El siete de mayo de 1986 la ciudad de Prípiat no había cumplido veinticuatro horas de ser evacuada y ya era una ruina. La ciudad construida para los trabajadores de la central atómica de Chernóbil fue vaciada a menos de diez días de la explosión que elevó los niveles de radiación de toda Europa. El último residente llevaba en su despedida el cambio de condición de lo que era una ciudad y pasó a ser, con su salida, una ruina.
También una ciudad puede mostrar sus edificios en ruinas y estar habitada.
Una ruina habitada es una contradicción y casi siempre supone un estado transitorio. Es el trabajo de los habitantes el que levanta una ciudad, la conserva y la transforma. No es concebible que los seres humanos renuncien a lo que les es natural: empeñar su energía y su fuerza en crearse un entorno digno para sí y para los que le rodean. Sólo grandes accidentes históricos justifican las ruinas habitadas, el final de las guerras, cuando los que regresan a sus casas encuentran el trabajo de toda una vida deshecho por el fuego, el deterioro que sufren grandes ciudades, cuando pierden el protagonismo que las erige y dejan a sus habitantes con pocas opciones frente a los restos del esplendor.
La ciudad de Nuremberg, en Alemania, debió ser reconstruida casi totalmente después que los bombardeos aliados la destruyeron al final de la Segunda Guerra Mundial; la ciudad de Detroit, en Estados Unidos, enfrenta las consecuencias del desmonte de la gran industria automotriz que, en la primera mitad del siglo XX, hizo de ella la cuarta ciudad más importante del país y en las últimas décadas ha perdido casi la mitad de su población.
Es un momento de cambio en el que el ser humano deberá evaluar las condiciones nuevas y actuar para desarrollar el espacio que requiere para vivir. Pocas cosas justifican una existencia entre ruinas por un tiempo mayor y todas están asociadas al deterioro de lo que en los seres humanos es esencial. El oriundo de ese estado, para que de su interior no surja el brío y la estrategia de superación de su condición, para que no genere asociaciones y liderazgos propios de las situaciones críticas, por no estar muerto, tiene que estar sometido a una indigencia moral y material inmovilizante. Alguien que apenas pueda levantar la vista sin temor a que le perciban su orgullo, incapaz de mover sus músculos para que no sospechen su fuerza o de sostener su razonamiento y evitar así que lo marquen por su inteligencia.
Insuflar es el verbo con que se ha nombrado el acto de animar lo inerte. Supuestamente el Hombre recibió la vida como de un aliento y ello lo convirtió en un ser animado. Pero era un aliento transfronterizo y lo animado podía a su vez animar. De ahí que la ciudad sea tan semejante a un organismo que parece que vive. Es por ello que una ciudad destruida, con todos sus sistemas de abastecimiento, transportación, redes hidráulicas y eléctricas colapsados, puede ostentar la vida que contiene.
Porque la ciudad no es un organismo es que esto puede pasar. En la inmundicia una mujer puede concebir un hijo, alguien dar sepultura a un hermano y todos sentir esperanza frente a cualquier atisbo del cambio.
Hambreado, un niño puede descubrir el golpe de la gota de lluvia en el rostro, el agazaparse de las sombras en el amanecer o el espacio sin límite a que se abre frente al mar.
Burlada, mancillada, humillada, una mujer puede sentir la vibración de la vergüenza y como una heroína de mármol saltar del zoclo como de la rutina y echar por tierra aquello que condena a sus hijos a la emigración o la muerte.
Como en la vida, nada en una ruina habitada es lo que fue y también como en la vida nada es permanente. Lo importante es el aliento.
Rejas dejadas al arbitrio de la intemperie, arrancadas de sus espacios originales y readecuadas en espacios ajenos, paredes tiradas al suelo y sus ladrillos cotizados en el mercado siniestro, tejas, lozas, vigas, puertas, cristales, todo arrancado a los derrumbes de aquello que no aguantó. En la estrategia de la miseria el aliento vital es portentoso porque debe animar la muerte. El extranjero al que esta condición le es extraña, se sorprende al comprobar que un cuerpo descolorido puede acarrear tanta fuerza en semejante panorama, sabiendo además que el esfuerzo sólo conseguirá reproducir la condición del infeliz, mientras un cardumen de desajustados insiste en sostener el agobio del que no son víctimas.
Es la suerte de las ruinas vivas proteger a quienes las habitan y cuando ya no pueden hacer, derrumbarse y ofrecerse. Hasta el amor de los vivos encuentra semejanzas en la capacidad de entrega de las ciudades arruinadas.