El jueves me toca la puerta un señor de la empresa de gas manufacturado, me informa que me van a cambiar el reloj y que le tengo que dar mi último recibo de pago. Después de una hora de echar la casa abajo dejo de esforzarme: lo he perdido. Bajo y se lo informo:- Mire, lo siento pero no encuentro el recibo.
- Entonces no te puedo cambiar el reloj.
- No hay problema, no lo cambie.
- Tengo que cambiarlo.
- ¿…?
Lo triste es que decidió cambiarlo, y mientras lo intentaba terminó de romper mi ya deteriorada tubería. No se tomó el trabajo de subir las escaleras e informármelo, como su brigada no es de “reparación” sino de “cambio”, tampoco me arregló el desastre. Me cortó el abastecimiento, reportó mi rotura a la empresa, que después lo reporta a la oficina de no sé qué, que después manda una brigada de “reparación”…en menos 24 horas (esta última es la parte de ciencia ficción).
El viernes por la tarde - después de 24 horas prescindiendo del fuego que todos saben lo que ha representado en la larga vida del homo sapiens sapiens y aterrorizada por la terrible llegada del fin de semana- salí a la calle a “resolver” con un particular. Lo que pasa es que el amable señor de la empresa no había roto un tubo cualquiera: 4 metros y 20 cm de una tubería de ¾ de cinc galvanizado que no se encuentra “ni en los centros espirituales”.
Uno de mis vecinos más solidarios y buenos, tan bueno que todavía cree en el Perfeccionamiento Empresarial Socialista, se pasaba el día dándome los reportes de la empresa de gas, a la que llamó durante dos días seguidos. Supongo que en algún momento haya mandado bien lejos la lacónica recepcionista, que invariablemente contestaba: Eso ya está tramitado, para más información llame al XXX (donde jamás había nadie).
El sábado en la tarde le metimos manos a la obra, reconstruimos el tubo con uno que encontramos en la azotea, conecté lo que quedaba de mi tubería directamente a la calle y me hice, después de tremenda angustia, un cafecito. Todavía estoy esperando que me pongan el reloj contador.









