Nunca he participado en una reunión de la juventud y mucho menos en una del partido. Sin embargo puedo imaginar las caras, el ambiente, el aire y las intervenciones de muchos de los presentes. Desde que nací casi toda mi familia se la pasaba de reunión del núcleo en reunión del núcleo.
Por la época de los carteles “El partido es inmortal” por toda la ciudad, los militantes empezaron a llamar sus reuniones “del Inmortal”. Me acostumbré a escuchar frases como “No puedo verte esta tarde, se reúne el Inmortal”. Por la cara de la gente se deducía que aquello era lo más aburrido del universo, supongo que como una asamblea de grupo en la secundaria multiplicada por un millón.
Una de esas amigas contribuyentes de la Inmortalidad, por allá por la época de Elían, todavía levantaba la mano y soltaba sus “críticas constructivas desde dentro” -me consta que ya abandonó el largo camino de la Eternidad. Ese día, como de costumbre por aquellos días, se hablaba del caso del niño. Mi amiga levantó la mano:
- El comandante cuando habla de la escuela de Elián González menciona su pupitre. ¿Es que nadie se ha dado cuenta de que Elián se sienta en una mesa? ¿Por qué no podemos corregir ese error del Comandante, y como ese, muchos más?
Uno de los presentes se levantó con firmeza y sin esperar su turno la desafió:
- Compañera, sepa usted que si Fidel dice taburete… ¡Yo digo TABURETE!
La reunión acabó sin mayores consecuencias, pero desde entonces el hombre es popularmente conocido dentro del núcleo del partido como “El Taburete”.
Me recibió en la puerta así -¡tienes que ver esto, las vacas con la cabeza en aire acondicionado, porque dan más leche! Por supuesto no entendí nada. ¿Qué vacas, qué leche, qué aire acondicionado? Para colmo los tres productos me son poco familiares: nunca veo vacas, rara vez tomo leche y el aire acondicionado es uno de mis objetivos a alcanzar antes de los cuarenta.
Se trataba de unas imágenes de archivo de los años sesenta. Fidel Castro parecía haber descubierto que si las vacas tenían la cabeza introducida en la climatización mientras el resto del cuerpo continuaba a temperatura ambiente…producirían más leche.
Casi no podía creérmelo, comprendí que la locura de la mesa redonda había empezado 30 años antes de que yo naciera. El delirio fue cotidiano desde 1959 y el experimento, más allá del género humano, ha perturbado también el reino animal.
Los días pasan y todo va volviendo a ser como antes. Yoani aun en muletas y Orlando que se niega a ir al médico, aun así las calles se van pareciendo de nuevo a las calles de mi ciudad. La Habana de los miedos solapados, de la pobreza que nadie quiere ver, de la policía reprimiendo y corrompiendo, de la seguridad gatuna, de la gente sin Fe, del arte decadente.
De nuevo los minutos de libertad se cuentan en la hora y media de tanda del Chaplin durante el ciclo de cine polaco. Otra vez viene mi amigo a pedirme la versión actualizada de Voces Cubanas. La gente habla de la situación económica y bajito esgrimen, mirando de soslayo, la política fracasada del gobierno.
Voy en la guagua y veo a los niños del MININT, creo que no llegan a 18, con la misma cara de abulia que tienen todos los demás. No puedo dejar de preguntarme hasta dónde llega la irracionalidad de los padres. Sonrío cada vez que los protagonistas de la indisciplina social a pequeña escala (en el P4 somos la mayoría por mucho) le dan el dinero al chofer y no lo echan en la alcancía, dándole en la cara a todos esos spots televisivos que dicen que al pobre chofer no hay que darle nada: todo para Papá Estado, Señor Absoluto.
Voy cayendo de nuevo en mí y miro a la gente a mi alrededor. Cansados y sudados regresan a sus casas, unos muchachos delante de mí explican cómo conectar dos computadoras en red, lo retengo por si un día me hace falta: partir el cable, luego unir el primero con el sexto y el segundo con el cuarto. Me los imagino salvando a unos civiles de unos secuestradores indocumentados que dicen ser el poder supremo. Algo me dice que no falta demasiado para que lleguemos todos a ese punto, para que la solidaridad ciudadana florezca en esta islita.
No quería escribir, mi paranoia me decía que debía esperar a estar otra vez en mis cabales. Estas últimas 48 horas he estado irascible, hiriente, histérica, comprensiva, maternal y con instintos asesinos… he querido matar y he querido salvar. Me he sentido agradecida hacia la policía por protegerme de la seguridad del estado y he querido arrasar con ese cuerpo que responde ante las órdenes de desconocidos. He deseado estar en el cuerpo de Yoani y sufrir el dolor, me he sentido merecedora de piñazos o digna de liderar el Juicio Final. Me he imaginado capaz de taladrarle la cabeza a los que golpearon el viernes a Yoani y a Orlando y a mí no, y me he preguntado por qué. He perdonado y he vuelto a juzgar.
He sentido la culpa y he culpado, me he preguntado tantas cosas que no me da tiempo a responderme. Traté de reconstruir los hechos dos millones de veces pero creo que las lagunas son cada vez peores. No recuerdo qué twittié de la patrulla, no sé si el primer twitt fue cuando me agarraba con fervor de la cintura de Yoani o cuando veía sus piernas colgando del carro negro de la seguridad. No recuerdo si llamé, si no llamé, a quién llamé. No evoco ni siquiera la cara del seguroso que iba a mi lado. Lo que sé es que aguantaba las ganas de vomitar todo el tiempo, me arrepiento de no haberle echado todo el café que tenía en el estómago a mi represor encima…en ese momento trataba de parecer fuerte.
Una amiga escritora me dijo: Para qué esperas, cada vez que escribes te desdoblas, no hay nada que puedas ocultar. Tiene razón, da igual que lo sepan: la brutalidad me confunde, el abuso me da ganas de llorar, la injusticia me descoloca y he tenido que luchar estas últimas horas con un Odio profundo que me quiere colmar.
Una sola imagen me libera, imagino el diálogo del quebrantahuesos con su hijo:
- Papá, ¿qué te enseñaron en la academia? - Me enseñaron a dar golpes muy duro sin que quedaran marcas.
Entonces se me acaba la furia y la roña, porque una profesión tan ruin y deleznable, no despierta ningún sentimiento en mí.
Viernes de academia blogger, terminamos la clase de cultura cubana con Miriam. Ambiente relajado: los Taínos y los mitos. Antes de irse Iván me dijo -Nos vemos a las cinco y media. Nos enteramos por los amigos, sabíamos que Aldo, Luis Eligio, Amaury y otros jóvenes iban a caminar hoy por 23 y G hasta L con carteles contra la violencia. Una marcha cívica en un país donde el civismo ha sido secuestrado por el totalitarismo, donde el poder ha envejecido y los últimos estertores de un sistema que se derrumba son una respuesta ciega, pura pataleta.
Nos quedamos Orlando Luis, su novia, Yoani y yo recogiendo y haciendo tiempo para la marcha. Salimos de la casa nerviosos pero convencidos de que no estaríamos solos. Por la calle G Orlando iba haciendo chistes que no puedo recordar pero que me hacían reír a carcajadas. Un hombre se masturbaba a pleno día en Zapata, La Habana se veía igual que siempre.
La parada del P11 estaba repleta, 27 y G, la esquina desde donde único se puede coger algo que te lleve para Alamar. El carro apareció de la nada, chapa amarilla, modelo chino y nuevo: dinero para reprimir. Vamos a ir cómodos, me dijo Yoani en broma y los tipos se bajaron con cara de no estar cómodos, debe ser triste ser un matón. Nos negamos a subir al carro, eran tres y nos amenazaban:
- Suban al carro ahora. - Déjennos ver sus documentos o traigan un uniformado.
Orlando tenía su celular en la mano. “Pardo no grabes” -dijo el de la camisa anaranjada- y saqué el mío. Nadie me hacía caso, mandé el primer twitt…
Llegó una patrulla en menos de tres minutos, una pareja de policías –mujer y hombre- miraban anonadados la escena. Cumplían las órdenes ligeramente en cámara lenta, ella me dijo:
- No te resistas. - Ellos están indocumentados- se me ocurrió aclararle.
Yoani se agarraba de un matojo, yo de la cintura de Yoani y la mujer me halaba por una pierna. A Orlando ya lo habían arrastrado, quedó fuera de mi campo visual. Un hombre en la parada miraba con cara de terror, la gente no dijo ni media palabra. La oficial, muy joven, me hizo una llave que me dejó inmovilizada, podía haber pataleado un poco pero me quedé atónita al ver las piernas de Yoani salirse por la ventanilla de atrás del carro de la seguridad del estado.
Me metió de un gesto en la patrulla mientras yo gritaba: ¡Yoani, Yoani! Pero me di cuenta de que nadie podía oírme, todo estaba herméticamente cerrado, la mujer de Orlando forcejeaba con el policía, el cuerpo de Yoani era metido a empujones de cabeza en el carro y el teléfono de Orlando salió volando por la ventanilla…mandé el segundo Twitt, con la esperanza de que alguien entendiera lo que malamente yo lograba teclear.
La muchacha policía se montó en la patrulla y me dijo:
- ¿Por qué te has resistido? No queremos darles golpes. - Casi me rompes la camisa -dijo el otro de la PNR- mientras metía a la novia de Orlando en el carro.
Se veían avergonzados, por un momento creí que nos pedirían disculpas:
- ¿Ustedes tienen sus carnets encima? -dijo ella casi dulcemente- y nos pasó el teléfono de Orlando que sonaba sin parar.
Desgraciadamente llegó el de la camisa anaranjada, se subió y cerró la puerta… me cayó al lado. Los policías se callaron y empezó el diálogo:
- Claudia, apaga el teléfono. - Olvídalo. - Qué asco -dijo la novia de Orlando.
El resto puro insulto, bronca surrealista.
- Tu nombre no pasará a la historia -señaló. - No me importa, pero tú ni siquiera tienes nombre. Cuando me baje del carro viro para G. - Entonces será peor. - Tus amenazas son tu miedo. Están en el fin. - Payasa.
Poner un pie en la esquina de la casa de Yoani me dio mareo, no había luz en el edificio, no podía dar con el móvil de nadie y me estaba quedando sin saldo. En eso entró la primera llamada con un 00 delante y supe que nada había sido en vano, aun si todos habíamos sido arrestados y la marcha suspendida. Cuando más tarde vi el video que Ciro me trajo lo supe con certeza: están perdidos, la cuenta es regresiva.
Están retransmitiendo Su propia guerra por la televisión y me parece que estoy viendo una serie extraterrestre, de un país donde la gente habla y se mueve como en el mío pero que no lo es. Una especie de novela de Ray Bradbury, donde los alienígenas son idénticos a nosotros salvo por pequeños detalles, porque son nosotros pero en otro tiempo y en otro espacio. Quizás podría también compararla a un Discovery Chanel donde nos explicarían que el hombre pobló dos veces la tierra, el documental ahondaría en la civilización de aquel homo sapiens que una vez, antes de un desastre natural x, ocupó el mundo en el que nosotros vivimos ahora, millones de años después.
El pobre Tabo de hoy no estaría orgulloso de ser informante de la policía, chantajeado por la PNR buscaría desesperadamente la manera de montarse en una balsa para salir echando del país antes de que lo descubrieran en el barrio. Su esposa, que cuando no era malhechor pasaba hambre y no podía alimentar a su hija, jamás le habría preguntado de dónde salía el dinero que traía a la casa y su humor, lejos de empeorar por las nuevas relaciones de su compañero, se habría endulzado. Nunca él hubiera podido decirle que era de la PNR, pues el divorcio habría sido ipso facto.
Con buena suerte y aprovechando su posición privilegiada en ambos bandos, nuestro héroe de 2009 quizás encontraría la manera de hacerse de un tercer “negocito” que le permitiera tocar a los metas* para que lo dejaran avanzar y lo protegieran. Con el tiempo acogería en su red de corrupción “no registrada” a la misma cantidad de policías que de delincuentes.
En la primaria se burlaba de mí porque yo no decía malas palabras, en sexto grado fue Beso de la Patria y para cuando entramos en la secundaria me caía como una patada en el pecho. Mi malestar no era porque yo fuera gusana desde pequeña, sino porque me parecía que la del Beso de la Patria debía ser yo, que bastantes comunicados había escrito y leído, además ella era linda con Paladar y yo gorda con padre caído en desgracia.
Pero la secundaria nos tiró juntas en un campo de boniato, una al lado de la otra desyerbando infinitos surcos, jugando con los gusanos y estrenando juntas el título de Brigada Incumplidora: nos hicimos amigas. En tres años cambiamos de niñas a adolescentes juntas y no hay un instante entre mis 12 y mis 14 en el que no hubiera estado–en las buenas y en las malas- a mi lado. En noveno grado –a pesar de nuestras buenas notas- ya éramos negativamente famosas: oír Rock, leer novelas "complicadas" y ser lo más excéntricas posibles nos costó caro, a mí en la casa y a ella en la escuela.
A los 14 años le hicieron un Consejo Disciplinario en el aula, algunos alumnos se levantaron y la denunciaron: fuma, oye rock and roll, se fuga, habla cosas indebidas, se reúne con elementos antisociales, etc. Aunque tuvo 100 de promedio no pudo ser la primera del escalafón, la relegaron al tercer lugar. Ese mismo año su familia se ganó el bombo y se fueron todos para Estados Unidos, estuvimos casi diez años sin vernos y aunque ya no aspiramos ni a ser Beso de la Patria ni a entender el origen del universo –entre otras ambiciones- seguimos siendo amigas.
Vino hace poco y se puso en contacto con el grupo de la secundaria, aquel que un día quiso sacarle sus derechos académicos a fuerza de ideología extremista. A mi amiga ya no le importa, llamó en nombre de los viejos tiempos, de la adolescencia perdida y de la nostalgia. Sin embargo una de las muchachas que más la apuntó con su dedo no lo había olvidado. Para la antigua denunciante todo aquello significaba algo más: quitarse del pecho la culpa del represor, del delator, del injusto. Le pidió disculpas a la antigua vilipendiada y yo sé que a partir de ese día, respira mejor. Me alegro por las dos.